Montaje de Susana: El vigía

El vigía


El cabo (I)

Cap Sant Antoni - Xàbia


Antonio siempre quiso
defender su patria
y un día se vistió de verde
para alistarse como soldado.

Con el tiempo,
ascendió de empleo
y ocupó un cabo
alargando su cuello.

El viento talló el yelmo
encajándolo de facto;
apenas podían vislumbrar sus ojos
el horizonte acuoso.

En su cuerpo,
alegría loretana,
pues lo formaron estrellas
hermanadas hasta la médula.
Detrás, su colega «el Montgó»
le protegía la espalda
y con otros galones,
allá lejos, «el Cap de la Nau»
envolvía el accidentado flanco.

El agua enemiga
siempre quiso expandir los límites
horadando profundas cuevas
en la superficie del gigante
pero, aunque este, coraza no tenía,
sí que gran orgullo exhibía
y como valiente guerrero
lucía las heridas afiladas,
tatuadas en su frágil orografía.

Historias antiguas cuentan
que moraron en sus llagas
aquellos que sin querer guerra
como eremitas fueron vistos
en primera línea de batalla.

Estos cambiaron su nombre,
de Antonio a San Antonio,
aunque para los piratas
que llegaron sin ojos tapados
siempre fue «el Toni»,
el tío de abrupto dorso,
arrendador de estancias calizas
que aquellos ocuparon
sin firmar ningún contrato.

Otros tallaron «su cova»
para construir un castillo,
pero el guerrero gigante
no teme ni a estos
ni a los bereberes.

¡Que su enemigo es
quien provoca las mareas,
lo ataca con hermosas olas
lavando el rocoso acantilado,
descamando así su pecho
y provocando aguda psoriasis
en la raspada piel nuda!

El mar también lo seduce
con sus marinos fondos;
algas lo cosquillean
mientras corales lo acompañan
animando sus desolados días.

Praderas de posidonia oceánica
ansían la conquista
de las paredes escarpadas,
mas al soldado
no le agrada montar
caballitos de mar
y se mantiene impasible
al frente de la batalla.

Que no distrae la mirada
viendo atractivas cigalas,
meros o gorgonias,
pues olas agita el viento
y amenazan la costa del titán.

Si su loma protege «Dénia»
sus ojos miran a «Xàbia»;
con sudor ejercita los músculos
provocando un microclima
en «la Marina Alta».

Ya no duerme el centinela
de rocosa armadura;
el agua salpica el casco
incitando su fácil enojo.

—¡Que no quiero pelea alguna!
—grita el mar desde lejos—.
¡Que quiero bañarte en vida
y quitar el yelmo de tus ojos!

Pero el cabo con alerta acecha
la neblinosa frontera imaginaria
que un escuadrón de su compañía
trazó unas cuantas millas más allá
de la inmutable rocosa atalaya.

«Cap San Antoni» le llaman
al soldado que vigila las aguas
del cálido mar Mediterráneo.


copyright  Susana Cía Benítez 2023


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Las fronteras de Antonio
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