Al pintar un día un paisaje
un ojo rompió el lienzo.
Era su iris verde
como los campos fértiles
cuando rebosan de vida.
Me pidió que lo dejara
en medio de la pintura,
pues huía de la guadaña
que visitaba su casa.
Muy asustado me dijo:
La portan dos manos negras
que chorrean pigmento oscuro
y tiñen la feroz cuchilla
del oscuro y mordaz aliento.
Al pintor de mustias paletas
no le agradan los colores
del colibrí que vuela
en el valle de mis sueños.
El agua sufre a su paso,
pues la hoja oxidada
desprende un químico brebaje
y envenena sus cabellos.
Sin moverse en el lienzo,
me pidió que lo envolviera
pintando un verde prado
y un cantarín arroyo.
Ahora vive en el paño
el desterrado ojo,
pero sus recuerdos añoran
la brisa del viento,
la caricia de la ola
y la humedad del barro.
Por eso, poco a poco,
sus lágrimas van destiñendo
y los colores chorrean
cerrando su párpado.
 Susana Cía Benítez 2021
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