Ilustración de Susana: Vicenta la salamandra

Vicenta la salamandra


Vicenta la salamandra
cubierta estaba por la tierra húmeda
mientras los móviles párpados tapaban
dos hermosas lunas negras
que soñaban con ser distintas.

Deseaban apreciar otros matices
y así sustituir la dieta
por otra más suculenta
que estuviera condimentada
con especies más sabrosas.

¡Que cada dos por tres
la salamandra se atragantaba
con las lombrices que atrapaba!

Durante la noche tenía insomnio
y por eso adaptó su sueño
haciéndose nocturna
la escurridiza Vicenta.

Un día, recién nacida,
mecida por el puro aire
y nutrida por los colores
de las hojas otoñales,
se intoxicó con un gusano
amarilleándose su brillante traje
y apareciendo muchas manchas
en la lisa y oscura piel
que era demasiado negra.

Pasaban las estaciones,
pasaron muchos años...,
de vez en cuando
se tomaba un baño
acunada por el balanceo
de las aguas de un riachuelo.

Cuando la gélida nieve
formaba el manto de los sueños,
apoyaba la cabeza sobre su cola
e hibernaba en una grieta
curvando el viscoso cuerpo,
no fuera que se disipara
su aventurero aliento.

¡Que las manchas amarillas
como un radiador calentaban
el corazón de la salamandra!

Temerosa estaba del hielo,
pues tal vez este apagara
la sangre fría calefactada
terminándose así sus días
sin rutas bajo las hojas
o cerca de limpias charcas.

En el bosque que la vio nacer
pasaron muchas manos;
pasó la inconsciencia de aquel
que con una ignorante huella
mató el alegre brío del río
o la inocencia del pájaro cantaor
que quería ser cantante.

Así se secó el colchón
de la húmeda tierra
quedándose sin espumas
sus gotas de agua.
Ni de noche ni de día
podía descansar ya
Vicenta la salamandra.

Tan marchita estaba su piel
y tan arrugada se encontraba
que fue entonces cuando erizó la cola,
pero estaba igual de tiesa
que las plumas de la cresta
de una cacatúa.

Buscó la gota del rocío,
mas la escasa brisa ya no podía
humedecer su piel viscosa.
Entonces, abrió los ojos,
¡el iris era de color rojo!
y un sofocante soplo
quemó el mustio estrato
gracias a una intrépida llama
que encendió una bífida lengua.

La ardorosa Vicenta
se convirtió así en serpiente
y desde entonces se llama Vicente
transformándose sus manchas
en bandas grises cruzadas.

Ahora duerme más Vicente
y sus ojos abiertos
sueñan con formas blancas,
tan redondas
como lo son las lunas llenas.

copyright Susana Cía Benítez 2023


Si te gusta, compártelo   facebook  twitter  linkedin







logo del Universo de Susana copyright Susana Cia BenitezCopyright 2020 POR SUSANA CIA BENITEZ