Somos emigrantes errantes.
Nacimos sin las raíces físicas de los árboles;
sin embargo, creamos lazos invisibles con el lugar donde nacimos
y los desconocidos territorios que pisamos.
Somos caminantes a quienes gusta ampliar horizontes
para dejar nuestra huella sobre la tierra que andamos.
A veces, conocemos lugares
que necesitan renovar sus modelos de vida y existencia.
En algunas ocasiones viajamos solos;
en otras, nuestras alas vuelan formando bandadas de aves
que hablan el mismo idioma
y reposan juntas para descansar
compartiendo brevemente su viaje en un hermoso destino.
Somos aves que, al surcar el mismo aire,
ansiamos intercambiar las costumbres y hábitos
jactándonos de la solidaridad de un mundo
al que llamamos globalizado;
así creemos que la cultura se enriquece
al acercarse a la realidad del otro,
tratando de degustar e inspirar su mismo aire.
Mas también padecemos el riesgo
de perder el singular vuelo
que practican nuestras alas
para descubrir su propio swing en el aire,
así como el respeto a la peculiar fragancia
que despiertan al agitarse con el viento;
porque siendo esta única,
se resiste a ser colonizada por las alas invasoras
temiendo que extrañas plumas
espolvoreen el polvo y la ensucien,
perdiéndose finalmente la identidad
de la sutil y vaporosa atmósfera.
Somos aves carroñeras
a quienes gusta devorar un pescado congelado,
el cual, sin saber volar,
nos alcanzó en el vuelo o,
ansiando ser tozudos pájaros carpinteros,
ensamblamos con tesón muebles,
los cuales no pudieron ser picados por los picamaderos,
por lo que viajan largas distancias
construyendo nidos lejanos
que tal vez sean abandonados,
ya que sus complejas ramas
no pueden criar polluelos
al emanar tóxicos barnices
que les impiden alzar el vuelo.
Porque hay viajes demasiado peligrosos
para las aves de tierra que no aprendieron a volar.
Porque ansiando tener alas,
no deseamos volar como lo hacen las aves
que solo pueden surcar los cielos.
  Susana Cía Benítez 2023
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