Una noche oscura
pintó de negro
las aguas del mar.
El faro buscaba la luna,
mas un cono de sombra
produjo un eclipse total.
Sin luz en el cielo
abrió los ojos Antonio,
atraído por una redonda luz
que navegaba libre
por el líquido universo.
Aquella regordeta forma
iluminaba la lámina acuosa
y como un fiel espejo
mostraba a su paso el reflejo
de las ocultas luces nocturnas,
como si las estrellas
desearan palpitar
en las profundas aguas del mar.
—¡Mediterráneo,
repleto estás de candelas!
—fue la exclamación de Antonio
al contemplar el universo estrellado
en la superficie acuosa
que abrazaba su mismo dorso
y acariciaba la piel,
allí mismo, donde nacían sus pies;
si bien de todas las luces
destacaba en tamaño y forma
el transeúnte y extraño ser,
que cada vez más grande
se transformaba en un bello pez.
El ovalado cuerpo nadaba lento
mostrando bellas tonalidades.
Allí parece que su capa es gris,
más allá matices pardos
se revelan en la epidermis;
mas sin duda es plateado
y la blancura es su apellido,
pues esta identifica su piel.
—¿Quién eres?
—pregunta el soldado,
inquieto por la compañía
que ilumina su ser.
—Soy la luna;
quise bajar esta noche
a jugar con las estrellas
—responde el pesado pez
asomando raudo su aleta
para saludar al joven
de un modo muy cortés.
Antonio se fija entonces
que los luceros son peces
y entre ellos destaca uno:
aquel que es el más grande
y refleja tanta luz
como lo hace la misma luna.
  Susana Cía Benítez 2023
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