El ave fénix está herida.
El monarca del aire disparó
una flecha coronada
Un pinchazo sintió en el pecho,
un ahogo en la garganta;
agitada por la asfixia
alzó el vuelo con la llaga.
La sangre convertida en fuego
quema el cuerpo ya sin fuerza.
¿A dónde fue a parar
el aliento de su vida?
El ave fénix se muere
consumida por las brasas,
mas el fuego limpia su pena
tornando las ardientes plumas
en semillas cenizosas
Ya nadie la ve en el cielo.
Las lágrimas sin despedida
fueron chispas de agonía
que sembraron el veneno
en el vuelo de la esperanza.
Las aves están recluidas
en las jaulas, sin varillas,
pues temen la cólera del soplo,
ansioso por compartir su ira.
Se ahoga el reino de las aves
respirando la toxina.
Ya no cantan las siringes;
quema el mal en sus gargantas.
Ahora anhelan aire limpio,
la melodía de sus voces.
Juntas agitan sus alas
provocando un remolino
y esparciendo las cenizas
de las plumas calcinadas.
Son semillas de esperanza,
comparten el mismo canto:
que en los verdes campos florezcan
tiernos capullos bermejos,
inmunes esta vez a los dardos
del monarca del viento.
  Susana Cía Benítez 2020



