La villa Cornelius de Énova (Valencia) fue una villa rural romana construida en el siglo I d. Cristo, situada muy cerca de la vía Augusta y de la antigua Saetabis (Xàtiva – Valencia), que se dedicó a la explotación y procesado del lino hasta el siglo V d. Cristo.
La villa Cornelius de Énova (Valencia) es hoy un cementerio silencioso, invadido por las zarzas y malamente sitiado por unas vallas de acero galvanizado a través de las cuales los ojos difícilmente pueden leer unos paneles informativos descoloridos que hablan irónicamente de la preservación de un bien catalogado como interés cultural.
Muchas veces me he preguntado por qué la manera de honrar tributo a nuestros antepasados no es mantener sus ruinas como si fueran los huesos de una necrópolis antigua y permitir que las hierbas controladas trepen por sus vestigios, gozando del mismo destino que los enterrados en nuestros cementerios.
Me temo que las ruinas de nuestro patrimonio actual no inspirarían a los neoclásicos, pues a diferencia del siglo XVIII, lejos de ser románticas pasan completamente desapercibidas y son para unos el pretexto ambicioso para hacer negocio si un pie topa con una de sus piedras, mientras que los que sólo perciben un conjunto de pedruscos, no entienden a aquellos que las calificaron como un arte en ruinas merecedor de tal desproporcionada protección.
La paradoja es que estas ruinas parecen ser tratadas como héroes de batallas ancestrales y entonces… ¿cómo justificar que el AVE Madrid-Valencia transite por encima de las reliquias sagradas?
No hay nada más que comparar el tren de alta velocidad con la vía Augusta de antaño y aplaudir el trazado del convoy sobre las reliquias sagradas, ya que han conseguido preservar sus cimientos y los héroes reviven así viejas glorias, eso sí, completamente sepultados, soportando sobre sus cabezas un ruido que jamás escucharon.
Un yacimiento completamente enterrado donde hoy no se puede ver ni un solo resto de la antigua villa, pero que en el año 2003 fue la excusa perfecta para crear unos paneles informativos que el sol con el tiempo quiso también desdibujar, pues la historia no suele conservar lo escrito por mucho que se recree en tres dimensiones lo que hoy nadie ve, pero tal vez ayer pudo existir.
Tanto había que preservar el lugar que hoy resulta un lugar de difícil acceso, muy mal señalizado y en el que alguna de las rejas protectoras ha sido arrancada como si los mismos muertos, hartos de ser ignorados, hubieran resucitado para huir de la prisión que los condena.
El hecho es que parece ser un sacrilegio crear nuevas atmósferas y transformar con otras formas arquitectónicas, urbanísticas o paisajísticas aquellas culturas de antaño. La protección patrimonial actual se limita a llevar las reliquias descubiertas a museos como en el caso que nos ocupa, al Museo de l’Almodí de Xàtiva y tener en depósito estos restos como si fuera otro cementerio donde reposan los privilegiados héroes de la historia. No es de extrañar que cuando visito estos lugares me satura la información desmesurada, ya que el confinamiento de tantos semidioses no es una buena idea para la armonía que requiere un plácido lugar de aprendizaje.
¿Es esta la manera de preservar nuestro patrimonio?
Entiendo que restaurar implica un coste elevado, pero cuántos museos de… se han convertido en huchas de dinero público que terminan por aburrir a muchos turistas, y es que las historias monótonas de guías o la transformación de estos edificios en cavernas oscuras digitales está muy lejos de la experiencia de sentir a la intocable ruina en su entorno de vida.
¿Por qué en vez de tanta visita virtual a oscuras e infografías que amenizan con supuestas historias tal vez ciertas o por el contrario inventadas no se pueden crear nuevos ambientes in situ que conserven el espíritu de antaño enriquecidos con funciones que satisfagan las necesidades de las localidades y urbes actuales?
Es cierto que se acabaría el negocio de pagar para ver, escuchar o leer las historias de los restos arqueológicos, pero de esta manera los héroes del silencio nos susurrarían su historia e inspirarían nuestra vida cotidiana.
—Heme aquí entre vosotras —diríamos entonces evocando a Gustavo Adolfo Bécquer.
Pues sólo entonces las silenciosas ruinas serían un prodigio del arte y mucho más que los restos imponentes de una generación olvidada.
Paisajes románticos de ruinas...
Parques con hermosas esculturas de piedras...
Termas convertidas en estanques de peces...
La ruina alberga la esperanza de vivir en simbiosis con el futuro de su propia historia.
Pero… ¿qué magia esconde aquella que hoy sigue siendo tan sólo una intocable ruina?
  Susana Cía Benítez 2020
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